El último reflejo 💻
El espejo del salón principal era de plata pura, un regalo de bodas de hacía dos siglos.
Victoria se paró frente a él, como hacía cada noche antes de que el sol amenazara el horizonte.
Al principio, la ausencia de su imagen le había parecido un castigo, una broma macabra de su nueva condición.
Con las décadas, aprendió a leer lo que el vacío le decía.
El polvo que flotaba en la habitación no se posaba en el espacio donde ella estaba de pie.
El candelabro detrás de ella se distorsionaba sutilmente por el calor de su cuerpo inmortal.
No necesitaba ver su rostro para saber que seguía allí; la eternidad no la había borrado, solo la había hecho invisible para los ojos de los mortales.
Ajustó su capa invisible en el cristal y sonrió hacia la nada.
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La última gota de la vendimia
Julián no buscaba callejones oscuros ni tabernas de mala muerte.
Él prefería los viñedos de la Toscana durante la medianoche.
Los recolectores dormían exhaustos en las cabañas tras las largas jornadas de la cosecha, dejando el aire impregnado del aroma dulce de la uva machacada.
Se acercó a la joven que descansaba junto a la ventana abierta. Su piel morena por el sol contrastaba con la palidez de los dedos de Julián.
No hubo violencia. Un leve soplido de niebla para asegurar un sueño profundo, y un brindis silencioso bajo la luna llena.
La sangre de los vivos en época de vendimia tenía un retrogusto a roble, a tierra húmeda y a tiempo corriendo demasiado rápido. Para un inmortal, esa era la mejor cosecha del año.
El pasajero de medianoche
El tren nocturno transiberiano siempre llevaba algún polizón que no pagaba billete.
El revisor, un hombre mayor con ojos cansados, caminaba por el pasillo del vagón tres cuando sintió el frío extremo.
No era el invierno exterior; era un frío seco, estático, que nacía del compartimento del fondo.
Abrió la puerta y encontró a un joven vestido con ropa demasiado antigua para esta década, mirando fijamente por la ventana hacia la estepa congelada.
El joven no respiraba. No había vaho en el cristal frente a su boca.
El revisor, que llevaba treinta años en esa ruta, no se asustó. Simplemente cerró la puerta con suavidad y murmuró: "Buenas noches, conde.
Llegamos a Vladivostok al amanecer. Le sugiero bajar antes". En ese negocio, algunas reglas de cortesía salvan vidas.



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